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Pese a mi patética limitación como ser humano, dispongo -como tú- de tres únicas capacidades infinitas. La de enamorarme, la de equivocarme y la de ser infiel.
(Tiempo estimado de lectura: 2 minutos)
Enamorarse es quererse hacia afuera. “Nos” enamoramos. Es un verbo acertadamente reflexivo. No es la otra persona la que hace nada especial. Somos nosotros mismos, que nos queremos mucho, y como resultado, buscamos a la persona que nos haga feliz. Que nos quiera, que nos adore, y que le podamos entregar todo eso que llamamos amor, pero que no deja de ser una triste proyección de ese yo que tanto nos gusta. Ése que envía flores, que da besos por sorpresa, que tiene miles de frases de segunda mano que siempre suenan a nuevas.
Equivocarse es empezar a dejar de ser idiota. Vuelve a ser reflexivo, ¡qué acertado, el lenguaje, a veces!. Es ponerse en disposición, tener la oportunidad única e irrepetible de aprender. Llegar a topar de frente con tus propias limitaciones. Equivocarse en un viaje más o menos caro -depende de las consecuencias- hacia los límites de nuestra propia estupidez, de la que vuelves con muchas fotos en forma de lección y una bolsa de viaje remendada con algo de humildad.
Y por último, ser infiel no es otra cosa que la respiración artificial y asistida del deseo. El deseo, esa incómoda sensación que surge de la tensión entre lo que tengo y lo que me gustaría tener. Ese espejismo que se esfuma en el mismo momento en que se consuma. Esa preferencia y necesidad innata por lo nuevo, lo diferente, lo que está por descubrir. El ser humano es no-exclusivista por naturaleza. No come un único alimento, no lee un único libro, no tiene un único amigo, no canta una única canción, no duerme en un único lugar. En cuanto se impone una exclusividad, allí surge el deseo. Vienen de la mano, y cuanto mayor sea la primera, tanto más insoportable e inefable será el segundo.
Y en cuanto existe un deseo, hay infidelidad. Si lo que tengo no es lo que me gustaría tener, si hago algo por cambiarlo o no, ya es irrelevante; lo importante es que deseo otro escenario muy distinto del que disfruto hoy. Y ser feliz así, lo veo, como mínimo, complejo. Por eso ya no trago con eso de que existen parejas fieles. Lo siento, pero que se lo cuenten a otro. Habrá gente que se conforma, se acomoda, se acojona, se reprime, se difiere, o se descarta a sí misma en una posible vida feliz. Eso sí, es una elección respetable. Sin duda.
Lo mejor de todo, por eso, es hablar de esto en una cena con 3 parejas más, además de la tuya. Pruébalo, de veras. Todo a tomar por culo.
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(Tiempo estimado de lectura: algo insignificante)
Están pasando cosas. Mientras tú lees, cuando yo escribo.
De veras, están pasando muchas cosas. Gente que duerme, gente que mata. Se amanece, se come, se va al trabajo. Se siente sola, se pega un tiro. Roban carteras, sufren atascos, suben los precios, reciben la carta, llaman y cuelgan, talan hectáreas, cavan y encuentran, hacen la compra. Todos a la vez hacen y deshacen, mientras tú sigues leyendo desde esa silla. Se miran y se aman, se evitan y se olvidan, se denuncian por última vez. Salen de juerga, celebran deprisa, someten a juicio, se escapan de casa, critican de espaldas, cambian de tele, se hacen un hueco en otro sofá. Reciben visitas, cometen amores, descifran miradas, adoran milagros, sonríen y callan. Los pelos de punta, las manos sudadas, todos lo hacemos, no importan edades, sexos, razas, momentos, lugares, nada.
Están lejos, algunos, muy lejos, tan lejos que nunca llegaremos. Su vida es rutina, como la tuya, la nuestra. Pero una rutina extraña y distante en esta imposibilidad de vivirla que nos aprieta. De hecho, más nos aprieta cuanto más imaginamos y menos podemos vivir. Imagino la playa de noche, en un Brasil cualquiera, un grupo que llora su bossa nova desde ese bareto, y yo cogiendo a mi futuro de la mano, rozándole con un dedo las rodillas morenas, mientras miramos al mar enlunado y le cuento lo infeliz que fui hasta que estuve con ella. Se me escapa la brisa del sueño, me despierto solo en el bochorno inhumano de este día cualquiera. Me aplasta mi única vida. Me duele que puedo cambiarla. Requiere de un coraje del que carezco. Pero poder, podría cambiarla. Ahora soy yo el que me aplasto. Por cobarde, por lento.
Sólo me queda un consuelo. Que aunque distinta, mi vida seguiría siendo una. Seguiría soñando otras. Seguiría despertando en ésta. Seguiría aplastado. Seguiría pensando que puede ser que sí, que ser feliz sea tan sencillo como aprender a conformarse.
Aunque si al final es eso, por mí ya se lo pueden quedar, gracias, mucho gusto, un placer y sobre todo, a tomar mucho por culo.
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En 1942 fui la estrella de uno de los dramas más asquerosos de todos los tiempos. Era marinero y fui al Café Imperial, en Scollay Square, Boston, a tomar un trago; me bebí sesenta cervezas y fui al retrete donde me abracé a la taza y me quedé dormido. Durante la noche por lo menos un centenar de marinos y de individuos diversos fueron al retrete y soltaron sus excrementos encima de mí hasta que me dejaron irreconocible. Pero, ¿qué importaba…?El anonimato en el mundo de los hombres es mejor que la fama en los cielos, porque, ¿qué es el cielo?, ¿qué es tierra? Todo ilusión.
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Recuerda siempre que las mujeres genética y económicamente dotadas se sienten atraídas por mentalidades exóticas; buscan, sin saberlo, la antítesis de sus amigos del Club Deportivo. Debes, por tanto, producirle un cortocircuito en su sistema neuronal lanzándole mensajes contradictorios del tipo: “Me encanta el tenis, pero detesto las raquetas”. Esta clase de afirmaciones, combinadas con un par de obreras cervezas, le harán creer que tu discurso es extrañamente encantador.
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Reflexión bastante acertada:
“La manipulación del lenguaje ha llegado a tal grado que ahora, cuando un hijo de puta corre a hostias a su señora, para algunos resulta que es ‘terrorismo machista’. Terrorismo, nada menos. Y claro, si el maltrato, luego llamado violencia de género, luego llamado violencia machista ahora resulta que es terrorismo, no tardará en llegar el día en que decir ‘coñazo’ o “cojonudo” se considere apología del susodicho. O colaboración con banda armada, vete a saber”
(( Vía: http://www.mimesacojea.com/ ))

